Recuerdo para un amigo

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RECUERDO PARA UN AMIGO

Algunos decimos Segovia es un centro especial, la razón no está en que contemos con un “campus de excelencia”, con los mejores y más avanzados medios. Si de algo presumimos en la Escuela de Magisterio  (cuanto nos cuesta a algunos hablar de Facultad) es de “corazón”, de tener un grupo de personas muy especiales trabajando juntas que hacen realidad la frase que dice que cuando uno entra en clase no solo debe ver un grupo de cabezas, sino un grupo de corazones.  Por eso, muchos de los que formamos parte del conjunto de profesores de este centro no somos únicamente compañeros de trabajo, somos AMIGOS y eso es una gran suerte. Ya veis, de eso presumimos, y Jose Juan Barba era en este sentido especial, porque siempre buscaba la forma de mejorar la formación de la gente con la que estaba, sin importarle el tiempo que tuviera que dedicar. Es, probablemente, uno de los profesores más activos que hemos tenido en nuestro centro y de los que mejor han sabido entender la importancia de la conexión escuela-universidad, como un todo. José (ya sé que la mayoría le llamaban Barba, o como algunos compañeros cariñosamente, “el Barbas”, pero algunos teníamos el vicio de llamarle simplemente Jose) empezó siendo alumno de este centro, pero desde el principio mostró gran inquietud por aprender. De hecho, hizo varias especialidades, en sus primeras prácticas realizó ya un diario de maestro investigador que luego utilizaría para su tesis doctoral y poco a poco fue aprendiendo y transmitiendo lo que es ser un maestro. Por eso, ahora sus compañeros y amigos estamos tristes, nos cuesta entender que ya no vamos a tenerle con nosotr@s y se agolpan los recuerdos y la tristeza.

Pero la vida es eso, un camino lleno de etapas de las que tenemos que ir aprendiendo, entendiendo que lo mejor que nos da son amigos, personas que comparten lo mejor de si mismos con nosotros, con generosidad y cariño, como Jose. Por eso, ahora nos toca transformar la tristeza en cariño, en recuerdo positivo y entrañable, y tratar de seguir la línea que gente como él han marcado. Y en eso estamos… No es fácil, pero habrá que seguir intentándolo.

Bueno, perdonad si el mensaje resulta largo, pero también ha sido un poco una forma de desahogo y compartir lo que sentimos en estos momentos difíciles, porque afortunadamente hemos compartido muchos buenos momentos, pero los amigos son los que están para los buenos y también, especialmente, para los momentos difíciles.

Me despido con un cuentecillo que quiero compartir con vosotros como homenaje y recuerdo para Jose.

Un abrazo,

Roberto

 

EL VERDADERO TIEMPO

Esta es la historia de un hombre que yo definiría como un Buscador. Un Buscadores alguien que busca, no necesariamente un hombre que encuentra. Tampoco esalguien que sabe que es lo que está buscando . Es simplemente alguien para quiensu vida es una búsqueda.
Un día el Buscador sintió que debía ir a la ciudad de Kammir. Había aprendido a
prestar atención a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí
mismo, de modo que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó a lo lejos la
ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo una colina a la derecha del
sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un
montón de árboles, pájaros y flores bellas. La rodeaba por completo una especie
de valla de madera barnizada… Una portezuela de bronce le invitaba a entrar.
De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de
descansar por un momento en ese lugar.
El Buscador traspasó el portal y caminó lentamente entre las piedras blancas que
estaban distribuidas como al azar entre los árboles. Dejó que sus ojos se
posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor . Sus ojos
eran los de un Buscador y quizás por eso descubrió sobre una de las piedras
aquella inscripción:
“Aquí yace Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”
Se sobrecogió al darse cuenta que esa piedra no era solamente una piedra, era
una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera
enterrado en ese lugar.
Mirando a su alrededor el hombre se dio cuenta que la piedra de al lado tenía
también una inscripción. Se acercó a leerla y decía:
“Aquí yace Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”
El Buscador se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio
y cada piedra una tumba. Una por una leyó las lápidas. Todas tenían
inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacta del muerto. Pero
lo que más le espantó fue comprobar que el que más tiempo había vivido
sobrepasaba apenas los 11 años.
Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.
El vigilante del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Lo vio llorar
durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
“No, ningún familiar-dijo el Buscador – ¿Que pasa con este pueblo? ¿Que cosa
terrible hay en esta ciudad? ¿Por que hay tantos niños muertos enterrados en
este lugar? ¿Cual es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que los ha
obligado a construir un cementerio de niños?”
El anciano respondió:”Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que sucede
es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré:
Cuando un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta como esta
que tengo yo colgando del cuello y es tradición entre nosotros que, a partir de
ese momento, cada vez que uno disfrute intensamente de algo, abra la libreta y
anote en ella: a la izquierda qué fue lo disfrutado… a la derecha, cuanto
tiempo duró el disfrute. Conoció a su novia y se enamoró de ella; Cuánto tiempo
duró esa pasión enorme y el placer de conocerla: ¿una semana? ¿dos? ¿tres
semanas y media?. Y después, la emoción del primer beso , el placer maravilloso
de la primera noche, cuánto duró el minuto y medio del beso… ¿dos días?…
¿una semana? ¿Y la boda de sus amigos…? ¿Y el viaje más deseado…? ¿Y el
encuentro con quien vuelve de un país lejano…? ¿Cuánto tiempo duró el
disfrutar de esas sensaciones…? ¿Horas…? ¿Días…?
Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cuando alguien
muere es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado,
para escribirlo sobre su tumba, porque es, amigo caminante, el único y verdadero
tiempo vivido”

Dedicado a José Juan Barba, que nos ha dejado con 39 años, pero que en su libreta (el que tenía la costumbre de anotarlo todo) hay mucho, muchísimo tiempo vivido, ya que aprovechó y disfrutó bien su tiempo y esa es una gran enseñanza que nos deja.

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